domingo, octubre 3

La devoción

Hay cosas que no se aprenden.


Hay cosas que necesariamente han de ser vividas. De otra manera jamás se podrá entender en cabalidad.

¿Cómo enseñar que es la lealtad?; ¿cómo enseñarle a otra persona lo que significa escuchar de verdad?; ¿Cómo teorizar la amistad más desinteresada?; ¿Cómo describir el amor con devoción y más radical?

Cada vez que estuviste ahí, o sea siempre, me entregaste un poquito más de esto. Cada vez que simplemente miraste con tus ojos llenos de ternura, me acercaste más a ese entendimiento.

No sé bien que hacías, ni como lo hacías. Sólo sé que esa mirada tan “todo va a estar bien” es lo único que bastaba. Nunca necesitaste decir siquiera una palabra. Aunque a veces lloraste conmigo, y estoy segurísimo, que muchas de esas veces ni siquiera sabías bien porque llorábamos. Yo lloraba por mi amargura, tú llorabas por mí, por compañía. Quizás por impotencia. Quizás por, que se yo. Nunca pude entrar bien en tu cabeza. Nunca tuve la certeza de que entendiste todo lo que te quise decir. Pero en la vida casi no hay certezas. Y, ¡que mierda!; yo sé que fue así. A tu manera, con tus pequeños y magníficos y precisos y encantadores detalles me los hiciste saber.

Gracias por es cucharme aquella noche fatal. Y en esa mañana donde el mundo se vino abajo. Y todos los días. Gracias por tu devoción irracional. Gracias por tu humor tan sofisticado. Gracias por las veces que con tu simpleza me diste una lección. Por cuando jugamos, por cuando la pasamos bien, por cuando lloramos, por las veces que me hiciste sentir que me necesitabas. Pero de cada palabra que te dije, de todas las conversaciones que tuvimos… dime que esta, la que acabamos de tener hace 5 minutos si la escuchaste. Si la entendiste; por favor házmelo saber, y espero que no se te olvide nunca. Yo no sé qué pasará ahora. No me preguntes a mí. Pero sea lo que sea, recuérdame. Recuérdalo. No es una petición, es una orden. ¿Me oíste? ¡Es una orden!

Muchos que lean o escuchen esto, se reirán. No entenderán. Me dirán ridículo. Pero, ¿que saben ellos? Ellos no entienden. Ellos no pueden ni podrán entender. Porque esta relación es una de esas cosas que no se aprende, ni se enseña. Se vive. Y nosotros la vivimos a concho.

Quiero hoy darte las gracias por una cosa más. Por tu lección más valiosa, que he tratado de hacer vida, y espero recordarte siempre de esa manera, haciendo aquello que me enseñaste, que me mostraste: Amar con devoción.

No me voy a despedir. Simplemente porque no lo puedo aceptar. Nos vemos. Como siempre lo hacemos. ¡Te quiero tanto! Descansa.

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